Es probable que una de las pocas cosas buenas que tiene 2º de bachiller sea el viaje de estudios. Eso, y terminar el instituto. Pero principalmente el viaje de estudios. Visitar otra ciudad/país con tus amigos, la emoción de viajar, los preparativos… A todos nos parece un momento especial, desde luego.

Así que, cuando los profesores anunciaron que nosotros, alumnos del IES El Palmeral, saldríamos de España para disfrutar y conocer las costumbres de otro país durante una semana (y otras cosas, también), casi saltaron lágrimas. Anunciaron los posibles destinos. ¿Qué elegimos? La Selva Negra, sin dudarlo: norte de Suiza, las cataratas del Rin, zona sur de Alemania, un tobogán que más parecía una montaña rusa, Friburgo y Estrasburgo… Todo ello en pleno diciembre. ¿Tuvimos en cuenta que era posible que acabásemos congelados? Lo supusimos, pero daba igual. Más o menos.

Hubo breves momentos de crisis, por supuesto, casi siempre por lo típico de “¡nos vamos a congelar!”, pero también por la preocupación de padres y profesores; después de todo, los atentados del 13N en París habían ocurrido apenas un mes antes de nuestra anhelada salida y a punto estuvimos de cambiar de opinión.

Pero estábamos tan emocionados, exaltados incluso, por la idea del viaje —paisajes de cuento de hadas, bosques, posibilidad de nieve, mercadillos de Navidad— que ya apenas prestábamos atención a las clases y nos convencimos de que aquel iba a ser aventura estupenda. Además, era el último viaje que podríamos hacer todos juntos antes de terminar el instituto, con compañeros de los que nos separaremos en pocos meses.

Tal era el entusiasmo que ahora nos resulta difícil considerar si la espera se hizo fugaz o eterna. Al llegar allí todo era distinto, frío, y especial, embelesándonos a todos desde el primer momento a pesar de la oscuridad. Los días, no obstante, sí pasaban rápido: de las cataratas y el pueblecito de Stein am Rhein, acogedor y pintoresco, hasta las compras en Friburgo o la visita a La Petite France en Estrasburgo transcurrieron cinco días que se sintieron como horas.

Para resumir, todo fue genial: los mercadillos navideños, preciosos; el frío, soportable —debo decir también que muchos éramos cebollas andantes—; conciertos, guitarra en mano, en el albergue; las horas de autobús aprendiendo alemán —gracias, Benjamín, por ese “hallo, wie geht’s?” de todas las mañanas por el micro, de verdad, gracias—, y muchos otros recuerdos que seguro estarán siempre vagando por nuestra mente.

Ha sido una experiencia maravillosa, gracias al esfuerzo no solo de los padres sino también de los profesores, que nos han aguantado —y nos aguantan— en estos meses de estrés, que han empleado su tiempo en organizar algo que nosotros recordaremos con nostalgia y cariño.

Alicia Juan y Verónica Lorente (2º BACH.HA)

Anuncios