Lucio Hernández Bravo fue vuestro maestro, nuestro compañero y amigo, también fue hermano, hijo, tío… Ahora lo echamos de menos. Incluso con la sensación de que pasaba inadvertido todos los que estamos aquí ahora y los que faltan notamos que se nos ha ido. La sonrisa tímida y ligeramente ladeada del profesor se añora en los pasillos, se reclama en sus aulas y deja sin consuelo a los que acompañaba. En estos pocos días sin él nos cruzamos miradas; pensamos en él:qué pena, susurramos mientras miramos al suelo recordándolo. Lucio era un buen hombre, un buen docente, un buen lector y un fantástico cinéfilo. Adoraba el Tenorio y se estremecía al oír a sus alumnos recitar sus versos. Era fiel, le gustaban nuestras palmeras volviendo cada curso con su mirada limpia y su barba sonriente. Seguirá entre nosotros. En vuestra memoria pervivirá siempre junto a lo que aprendisteis de él, al fin y al cabo la enseñanza era su vida: así era feliz. Y así te recordamos todos compañero del alma, compañero.

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